**«Esta divinidad altiva era hija (como Zeus, Deméter, Poseidón y Hades) de Crono y Rea. Nació, según algunas versiones, en la isla de Samos; otras fuentes sitúan su nacimiento en Argos. Algunos dicen que su nombre significa “señora”. Como todos, excepto Zeus, fue devorada por su padre Crono, que quería evitar así el riesgo de ser destronado. Fue vomitada, expulsada de las entrañas de Crono, por efecto de un emético administrado al padre, con la ayuda de Rea, por Zeus. Juntos, los hijos otorgaron a Zeus el mando en el inevitable conflicto contra Crono y contra los titanes aliados a él.
Siguieron diez años de guerra encarnizada, ganada solo gracias a la ayuda de los cíclopes y de los gigantes hecatónquiros. Existen muchas versiones, pero lo cierto es que la diosa se casó con su hermano Zeus. Muchos dicen que esto ocurrió inmediatamente después de que Crono la vomitara; otras versiones hablan de un cortejo por parte de la diosa hacia Zeus en la isla de Creta. Lo que sabemos con certeza es que son las únicas divinidades que están formalmente casadas.
Las primeras noticias sobre Hera nos las da Homero en la Ilíada. La diosa aparece representada sobre un carro tirado por dos caballos, es tratada con gran deferencia y el padre de los dioses escucha sus consejos. Sin embargo, la diosa no es la reina del Olimpo, sino solamente la esposa de Zeus, colocada en una posición muy subordinada, y debe obediencia y respeto al dios, como los demás. Solo en autores mucho más tardíos Hera asumió un poder mayor, comparable al de Zeus. Engendró con él (aunque no hay certeza) a Ares, quizá a Hefesto y a Hebe (más tarde, tras la reconciliación, dada en matrimonio a Heracles).
Juno era, como se ha dicho, de carácter altivo, vengativo y también indómito. En esencia, nunca daba un paso atrás y, pese a la considerable diferencia de poder entre ella y su esposo, este a menudo pasaba malos momentos por su causa. Cierto es que un par de veces fue ella quien tuvo grandes problemas. Un día Zeus, durante una pelea, la colgó de una nube con dos yunques atados a los pies. Lo que había ocurrido es que Juno, con el apoyo de Poseidón y Atenea, había planeado reducir a Zeus a cadenas. Otras versiones dicen que encabezaba una revuelta de dioses —excepto Hestia— que tuvo como resultado atar a Zeus de manos y pies, pero el Señor del Olimpo fue salvado por uno de los gigantes hecatónquiros. Apolo y Poseidón, después de que Hera fuera perdonada, fueron condenados a servir durante un año al rey Laomedonte y construyeron las magníficas murallas de Troya.
Por motivos de celos, por otra parte comprensibles, Juno manifestó una hostilidad irreconciliable hacia los hijos que Zeus tuvo con otras mujeres, Dioniso y Heracles sobre todo, pero no únicamente. La pareja no se preocupaba por ocultar sus desacuerdos, pero en las ocasiones oficiales fingían estar en armonía, mérito del aplomo del señor del rayo y de la astucia de nuestra diosa.
En la Ilíada, Homero la llama con numerosos epítetos: de los blancos brazos, del trono áureo, de las sandalias doradas, etc. Lo que en el mismo poema rodea a la diosa es un aura de gran respeto. Hera era ciertamente una diosa, pero su aparente reserva, su severidad y la majestuosidad de su aspecto la hacían distante, algo fría y en cualquier caso también temible. No olvidemos el episodio de la manzana de oro. Eris, para vengarse de no haber sido invitada a las bodas de Cadmo y Harmonía, la entregó a Paris o Alejandro y, en presencia de Hera, Atenea y Afrodita, le ordenó dársela “a la más bella”. Paris, que se encontró en un asunto demasiado grande para él, escuchó lo que las tres podían ofrecerle. Afrodita tuvo fácil convencer al príncipe troyano prometiéndole a la mujer más bella del mundo. Así Paris entregó la manzana a Afrodita y sancionó la hostilidad perenne de Hera hacia Troya y los troyanos. De este modo quedaron sentadas las bases para la guerra más cantada de todos los tiempos.
Hera protegía el matrimonio, la esfera sexual de la mujer y a la mujer misma. En la sociedad grecorromana, esta última, dada la escasa consideración social de la que gozaba, lo necesitaba. Pero dio varias veces muestras de su impetuosidad y también de su obstinación. En resumen, ¡un carácter fuerte para tener como esposa! En última instancia, puede decirse que Zeus, aunque confiaba a su esposa buena parte de sus secretos, no se fiaba completamente de ella y tenía la buena costumbre de guardarse algunos para sí. Juno, por su parte, era maestra en los engaños, pero sabía que no podía exagerar con las “molestias…”. Por otra parte, esta unión y sus relaciones reflejaban plenamente las dinámicas de pareja de la sociedad doria, un tanto bárbara. El culto de esta diosa estaba difundido en toda Grecia. Los templos más famosos se encontraban en los lugares indicados como sitios de su nacimiento, es decir, en Argos, en el Peloponeso, y en Samos, una isla del Egeo. Otros templos dignos de mención estaban en Olimpia, Esparta, Micenas y Tirinto, también en el Peloponeso. En Samos y en Argos existían fiestas anuales en su honor con ceremoniales muy elaborados.»**


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